“Nuestra amistad no depende de cosas como el espacio y el tiempo.”

Richard Bach

La noche solitaria de ese día de junio que recibí el diagnóstico de Parkinson, fue un cóctel de incertidumbre, miedo, culpa y sobre todo angustia, una angustia negra y devoradora… ¿Empeorará? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Podré seguir trabajando? Si pierdo mi trabajo, ¿Cómo voy a sobrevivir? ¿Cómo voy a poder pagar medicamentos tan caros?

Pero hubo una persona, una sola persona que acudió a auxiliarme en el tormento interior de esas altas horas de la noche: mi amigo Miguel.

Lo conocí hace ventisiete años, una mañana de septiembre cuando atravesé el umbral del banco donde laboré gran parte de mi vida. Era lo que podríamos llamar un “personaje inolvidable”. Lo primero que me llamó la atención en su oficina fue una torre de cajas de cartón amontonadas que habían visto mejores días. Después supe que contenían varios años de papeles de trabajo de los que nunca se había deshecho. << Son mi “know-how”>>, decía.

Poco a poco lo fui conociendo mejor: lector increíble de “efectos mariposa”, era capaz de prever hasta las más inimaginables implicaciones de un proyecto o comunicación; meticuloso hasta el extremo, generalmente convertía los documentos que revisaba en una maraña de anotaciones con tinta roja, más extensa que el escrito original; gruñón, sarcástico y terco como una mula, pero solidario y bueno como un pan recién horneado; siempre con una sonrisa o una palabra amable para cualquier colega con quien se cruzara en el camino. Fanático del Barcelona y sobre todo y por sobre todo, enamorado de la Fórmula 1.

Pronto supe también que era aprensivo y tendía a buscarle el lado catastrófico a los acontecimientos. No le faltaba razón. Desde chico padeció enfermedades en versión “premium”: por ejemplo, una hepatitis que lo tuvo un año fuera de combate, le dejó la imposibilidad de tomar alcohol de por vida y lo llevó al grado de evitar hasta los pasteles envinados, porque creía que le podrían resultar mortales.

Frecuentemente teníamos que trabajar bajo presión, pero ésta se elevó a la estratósfera a partir de que el banco fue adquirido por un gran banco internacional. Entonces fue cuando la combinación de aprensión y visión catastrófica de Miguel se hizo tóxica, pues comenzó a obsesionarse en la idea de que por su edad lo incluirían en un recorte de personal. Volcó su tiempo entero en el trabajo: madrugadas, fines de semana, lo que fuera necesario para cumplir oportunamente, para que no hubiera nada que reprocharle.

Atrapado en un mar de incertidumbre, parecía no ver mas que el desastre inminente. Y una mañana, hoy hace dos años, toda esa presión acabó con su gran corazón.

La noche del 7 de junio de 2019 yo me hallaba inmerso en el mismo mar de incertidumbre, sitiado por una multitud de fantasmas indefinidos. Entonces me pareció escuchar en mi interior esa voz con un cantadito inconfundible: <<¡Hola chato!>>

Su mensaje me llegó fuerte y claro, condimentado con las palabrotas que siempre usaba y que no puedo reproducir aquí: <<¿Para qué te preocupas? ¿Qué ganas? Ya ves: las cosas que tanto nos preocupan luego ni pasan. Ya ves, luego preocuparse tanto hasta sale peor. Ni pierdas el tiempo en eso, no vale la pena.>>

Mi amigo había acudido a darme la mano, a prevenirme para que no viera al Parkinson como una catástrofe; porque entonces, yo mismo me iba a acarrear la catástrofe.

Hoy, a dos años de extrañar a Miguel, quiero transmitir su mensaje lo más fuerte que pueda: si en la pista te agobia una curva empinada de incertidumbre, confía y amárrate al carril de la esperanza: así podrás tener la tranquilidad para encontrar la claridad que necesitas y ganar la carrera.

Si lo haces, la catástrofe de Miguel no habrá sido en vano: se habrá transformado en un caso de éxito que podrá guardar en las cajas que ya ha de tener amontonadas en el lugar de paz donde se encuentra.

Miguel Bargay
(1964-2018)

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